Los desastres: ni naturales ni inevitables

Con el inicio de la época lluviosa, el tema de los “desastres naturales” toma relevancia en los medios de comunicación. Es probable que esta sea una de las muchas causas por las cuales cada año estos eventos de origen natural cobran cientos de vidas alrededor del mundo, principalmente en las comunidades más expuestas a condiciones de inequidad social y pobreza. El interés sobre este importante tema se centra luego de que el fenómeno ocurrió y las acciones para contrarrestar la catástrofe se encuentran en la etapa de mitigación. Pero, ¿podremos evitar que ocurran?

Para América Latina y el Caribe las estadísticas son contundentes: cerca de 150 millones de personas han sido afectadas por desastres de origen natural. Este problema afecta mayormente a las personas pobres, quienes son 4 veces más propensas a ser afectadas por los desastres, con respecto a las personas que viven en países de altos ingresos per cápita.

Sin embargo, es necesario detenerse en este punto para analizar la forma en que conceptualizamos los “desastres naturales” y la forma en que valoramos la exposición al riesgo de ser afectados por una eventualidad de este tipo, con el fin de entender las acciones tomadas por los gobiernos de la región y esbozar el camino que debería seguirse para gestionar adecuadamente el riesgo de desastres.

Desastre si, natural… no necesariamente

Empecemos por analizar el término “desastre natural”. Varios investigadores han criticado el uso de este concepto, pues remite al pensamiento de que los desastres son algo que es esperable y que ocurrirán tarde o temprano, dando pie a la elaboración de planes de acción ante desastres, sin considerarse la parte preventiva, pues son naturalmente “inevitables”.

Para profundizar en este punto debemos separar las dos palabras que

A pesar de los esfuerzos para prevenir el desastre, Japón sufrió el golpe de un tsunami sin precedentes. La experiencia deberá prepararlos -de nuevo- para lo peor.

conforman el concepto y analizar sus alcances. El termino desastre se puede definir de varias maneras, sin embargo, todas las definiciones concuerdan en que debe existir la afectación directa o indirecta del componente humano para que se le considere a un evento natural como desastroso.

Si, por ejemplo, un río se desborda a lo interno de una montaña, donde no se encuentra ningun asentamiento humano ni infraestructura de origen antrópico, no se habla de desastre, ni tampoco se considera una noticia relevante como para ser difundida a través de medios de comunicación.

Cuando nos referimos a algo natural lo podemos entender como un ente que tiene forma de ser, actuar o reaccionar correspondiente con su origen, lo que implica que posee acciones esperables independientemente de lo que hagamos.

Es correcto decir que en el desbordamiento de los ríos, los terremotos, erupciones volcánicas, las inundaciones y otros eventos naturales ocurren en periodos de tiempo definidos naturalmente, pero el desastre, como ya hemos visto, ocurre por la presencia del componente humano que se expone en mayor o menor medida.

Puede que no podamos detener el desbordamiento de un río, pero sí modificar nuestros patrones de crecimiento y ordenamiento territorial, reducir la cantidad de residuos sólidos que se lanzan a los ríos, establecer áreas de recarga acuífera para reducir la impermeabilidad de los suelos y reubicar a las poblaciones situadas en las llanuras de inundación de los ríos.

Las inundaciones en muchas ocasiones traen consigo brotes de diarrea y otras enfermedades de transmisión hídrica, derivadas de la contaminación de fuentes de agua y el colapso de los sistemas sanitarios.

Esta forma de percibir los desastres, es lo que probablemente fomenta que los planes de emergencia de los países sean de respuesta más que de prevención. Esto tiene un alto costo que, como mencionamos en los párrafos anteriores, afecta en mayor medida a las economías debiles del mundo, drenando año con año los escasos recursos económicos.

Otro factor de peso en la elaboración de planes de respuesta se deriva de las corrientes de pensamiento constructivista y objetivista que se dividen en torno a la temática. Por un lado, de acuerdo con el documento elaborado por la Universidad Nacional de Colombia, El Instituto de Estudios Ambientales de ese país y El Banco Interamericano de Desarrollo (BID),  los “objetivistas” se centran en los resultados estadísticos como base de la planificación de la gestión de desastres, dando prioridad a los eventos que tienen una mayor probabilidad numérica de ocurrir, pues parten del hecho de que  el riesgo se puede medir de manera objetiva.

Por su lado, los constructivistas consideran en su visión al riesgo y la vulnerabilidad como elementos que se alimentan en buena parte del componente social; es decir, de elementos vinculados a la percepción indivudual, aspectos culturales, dinámica de comportamiento de las comunidades, etc.

Lo importante aquí no es establecer las diferencias entre ambas vertientes de pensamiento, sino más bien buscar los elementos en los que convergen, para poder crear un sistema efectivo de gestión del riesgo y reducción de desastres.

Queda claro que las estadísticas permiten tener un panorama general al momento de invertir recursos en acciones prioriarias, pero si estos recursos se invierten en situaciones fuera del contexto socio cultural de una población y sin considerarse la forma en que actúan las personas ante un desastre, puede que se le esté apuntando a un blanco en movimiento sin la precisión necesaria.

Entender el riesgo para prevenir el desastre

Las experiencias, aunque amargas, deben considerarse como la mejor forma de aprender a reducir el impacto de los eventos natuales que causan desastres. Son muchos los casos alrededor del mundo que en los últimos años han sido bien estudiados y documentados; estos representan información valiosa para comprender los ciclos de los desastres y los puntos débiles en los sistemas de gestión de riesgos.

Es necesario invertir en la divulgación y la educación de la población de manera regionalizada, con el fin de que comprendan los riesgos presentes en sus comunidades y el grado de vulnerabilidad individual y colectiva, para que tomen las medidas necesarias y aumente su capacidad de resiliencia.

Resiliencia es el término utilizado para referirse a la capacidad de un individuo de afrontar y sobreponerse ante una adversidad.

Como pudimos ver, los desastres no son algo inevitable, mucho de su impacto se deriva de cómo entendemos y asumimos el riesgo, la forma en que analizamos nuestra relación con el entorno y la manera en que los recursos que se tienen se emplean en actuar de manera preventiva.

Para un país, los muertos son estadísticas. Para una familia, son miembros irremplazables. Una total catástrofe que se pudo evitar.

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