Hablemos de transgénicos. El desafío para los consumidores

Ya hablamos sobre los transgénicos con respecto al modelo de producción agrícola, los posibles impactos ambientales y el panorama desde el punto de vista de la salud. Es hora de hablar de nosotros, de nuestro papel como consumidores. Es momento de discutir acerca de qué hemos hecho para llegar al punto en que estamos y la forma en que los temas anteriores son un desafío directo para nosotros. Ya hemos visto cómo el uso de cultivos genéticamente modificados ha permitido un crecimiento exponencial de la producción de alimentos, así como los daños ambientales que puede ocasionar, pero, vayamos un poco más adentro de esto y veamos que tiene que ver con vos.

Agua para consumo humano: pilar fundamental de la salud pública

El crecimiento exponencial de la agricultura demanda a su vez un crecimiento exponencial de una infraestructura de bienes y servicios que funcione eficientemente para poder sacar la producción adelante. Esta infraestructura esta compuesta en parte por la maquinaria que se utiliza para arar los terrenos, cosechar los cultivos y transportarlos fuera del campo.

Utilizar esta maquinaria tiene un gran costo económico y ambiental, principalmente por la gran cantidad de combustibles fósiles que consumen y las emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero que generan. Para ponerlo en perspectiva, datos de la FAO indican que más del 20% del CO2 que es generado en las actividades antrópicas se produce en la industria agrícola.

El impacto es mucho mayor si se considera la huella de carbono que se atribuye a la industria de productos químicos destinados a la agricultura, así como la disminución de zonas de cobertura vegetal capaces de fijar carbono. En este último punto vale la pena detenerse un poco más.

Talar el bosque reduce en gran medida la cantidad de carbono fijado en el proceso de fotosíntesis. En otras palabras, eliminamos el mecanismo natural que se encarga de remover de la atmósfera el CO2 que genera nuestro automóvil, el transporte público, las plantas de generación de energía eléctrica que funcionan con combustibles fósiles y las fábricas, por mencionar algunas fuentes. A eso se le debe añadir que la cobertura vegetal eliminada está compuesta en gran parte  por carbono, el cual se libera en cierta medida en forma de CO2; es cierto que esto pasa de manera natural, pero no a la velocidad que impone el modelo de producción.

Los productos plaguicidas son utilizados de manera extensiva en la producción agrícola. Costa Rica se encuentra en primer lugar a nivel mundial en el uso de agroquímicos.

Por otro lado, es un mito que las tierras ocupadas por bosques son las más aptas para la agricultura. Los bosques generan los nutrientes que consumen – en la naturaleza nada se desperdicia- y este ciclo de generación y consumo se mantiene en equilibrio constante gracias a las relaciones que existen en los ecosistemas. De esta manera, la caída de hojas de los arboles y los animales muertos son reincorporados al suelo por bacterias y hongos, es decir, son la materia prima para crear los nutrientes necesarios que mantienen vivo al ecosistema.

Al talarse el bosque para cultivarlo se elimina esta materia prima y el suelo se vuelve prácticamente estéril, lo que obliga a utilizar una gran cantidad de agroquímicos para compensar esa pérdida de nutrientes. Al desaparecer también el sistema radicular de las plantas que ayuda infiltrar el agua en el terreno, el suelo se vuelve más impermeable. Esto aumenta la escorrentía, que provoca un mayor arrastre de los agroquímicos a cuerpos de agua.

Con respecto al agua para consumo humano, veamos algunos datos del XVI Informe Estado de la Nación de Costa Rica:

El 87% de la población cuenta con abastecimiento de agua para consumo, la mayor cobertura del servicio en Latinoamérica. Esta cobertura se abastece en un 60% con agua proveniente de acuíferos y un 40% de aguas superficiales. Sin embargo, una buena parte de estas fuentes de agua es administrada por acueductos rurales en los que el nivel de control y tratamiento es muy bajo.

Si consideramos que la mayor actividad agrícola se genera en las zonas rurales -donde se encuentra la mayor cantidad de fuentes de agua- y que que casi el 41% de las municipalidades no cuenta con zonas para proteger estas fuentes, es muy probable que una porción significativa de la población consuma agua contaminada con algún tipo de plaguicida.

Debemos tomar en cuenta que existe una fuerte correlación entre la aparición de malformaciones congénitas y formas de cáncer con la exposición a plaguicidas, lo que nos pone frente a un modelo de desarrollo agrícola que en principio pretende abastecer la demanda de la población para que no muera de hambre, pero esto implica intoxicar a un gran número de personas. Cabe aclarar que los estudios no son concluyentes debido a la multicausalidad de las patologías, no obstante, no dejan de arrojar indicios de la correlación existente.

El 60% de la población económicamente activa del tercer mundo depende del trabajo agrícola” Venegas, L., Urrizola, C., & Palacios, M. (2007). Estudio citogenético y reproductivo en mujeres temporeras expuestas A pesticidas De La VIII Región de Chile.

Las aves como el Porphyrula martinica son parte de los ecosistemas acuáticos que se ven afectados por los plaguicidas utilizados en la agricultura.

Además, cantones como Talamanca donde el índice de desarrollo humano es muy bajo, la cobertura de agua para consumo es sumamente baja también, lo que obliga a la población a utilizar fuentes de agua carentes de tratamiento que incrementan de manera significativa el riesgo a enfermedades asociadas a microorganismos patógenos.

Sin ahondar mucho, hemos visto cómo el modelo de desarrollo agrícola -que debe su éxito en gran medida al uso de plaguicidas y organismos modificados genéticamente-, provoca alteraciones ambientales significativas. Sin embargo, estas alteraciones ambientales son solo la punta del icerberg, ya que las repercusiones en las poblaciones humanas se manifiestan a través de padecimientos asociados a plaguicidas y a intoxicaciones alimentarias.

Es necesario cuestionarnos en qué medida hemos provocado que este modelo de producción agrícola haya tomado este curso, y las acciones que deberíamos tomar para reducir los daños ambientales que, a la larga, nos afectan de manera directa e indirecta.

Consumidores responsables

En gran medida, la frase “somos lo que comemos” resulta cierta. En este sentido, vale la pena enfocar esta frase a todo lo que hay detrás de lo que comemos; es decir, lo que implica producir lo que comemos, la responsabilidad social y ambiental de quién lo produce y las condiciones en que se produce lo que consumimos.

Probablemente no podremos prescindir del modelo de producción existente, pero podemos buscar alternativas para  compensar nuestra huella ecológica. Una de estas opciones la encontramos en la agricultura orgánica, que por sus características de producción no es una técnica que utilice grandes extensiones de terreno ni productos agroquímicos altamente dañinos. Además, promueve el desarrollo local endógeno, al ser en su mayoría practicada por pequeñas y medianas empresas.

Ciertamente, los productos orgánicos son más costosos, pero esto se debe en parte a la baja comercialización que tienen. En la medida en que se expanda la cantidad de productores que practican esta forma de cultivar, los precios posiblemente bajarán. ¿Por qué? Pues porque al existir una mayor oferta, la competencia provocará que los productores tengan que luchar por sus clientes. Por supuesto, esto debe ir de la mano con una serie de políticas gubernamentales que apoyen a los pequeños productores y regulen el mercado para que exista un ámbito de competencia equitativo.

Una buena parte de los abusos de las empresas se debe a que no existe una manifestación de descontento por parte de sus clientes y por las pocas limitaciones que imponen los gobiernos. Eso lo podés cambiar vos. Un ejemplo claro han sido las políticas tomadas por la Unión Europea en lo que se refiere al etiquetado, donde estudios demostraron que la población mostraba una posición de inseguridad hacia los alimentos producidos con OGM’s. Ya sabés lo que implica consumir alimentos provenientes de OGM’s, ahora podés exigir que se identifique en la etiqueta a estos productos y determinar si los querés consumir o no.

No se trata de satanizar a los organismos transgénicos ni de tomar medidas radicales que cambien por completo nuestro modelo de vida. Se trata de tomar una postura crítica ante el panorama mundial de la producción y distribución de alimentos para actuar desde nuestro ámbito local. Solo en la medida en que eliminemos los prejuicios a favor y en contra sobre los transgénicos, podremos encontrar soluciones racionales basadas en la percepción de una realidad que se comporta como un fenómeno multicausal del que somos parte; todo depende, al fin y al cabo, de tener presente que los transgénicos son con vos y que parte del equilibrio que debe existir se tiene que producir desde el consumidor. Vos.

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