Hablemos de transgénicos. Nuestra salud

En esta tercera entrega discutiremos sobre los transgénicos y su rol en el campo de la salud de los consumidores: nosotros. Para eso revisaremos algunos conceptos que giran en torno a este controversial tema y trazaremos algunas tendencias que permitan orientarnos con respecto al rumbo de las medidas tomadas a nivel mundial. ¡Comencemos!

Desde siglos atrás el ser humano ha conducido la evolución de plantas y animales para obtener resultados más favorables. Es así como mediante un proceso de muchísimos años de selección de especies y variedades de estas, ha logrado obtener vacas que producen grandes cantidades de leche o variedades de papa resistentes a climas fríos o a determinado tipo de microorganismos.

Con la biotecnología ha sido posible reducir estos períodos de tiempo de manera drástica. Las técnicas de inserción de material genético en plantas permiten obtener cambios de una cosecha a otra, sin la necesidad de esperar que la selección natural haga su trabajo y con una relativa seguridad de obtener los “resultados deseados”. Pero es precisamente en este punto donde las cosas comienzan a complicarse.

La soya es uno de los alimentos que ha recibido mayor cantidad de alteraciones genéticas. También es uno de los principales causantes de alergias alimentarias.

Debemos aclarar que la evolución y la mutación son dos cosas distintas. La evolución, como varios autores los señalan, es un proceso que los seres humanos no han tenido la oportunidad de observar de manera completa; tenemos demasiado poco tiempo en el planeta -en términos evolutivos- como para poder documentar y distinguir una evolución en tiempo real y de manera presencial  en el sentido estricto de la palabra.

Con las diferentes técnicas de selección de características fenotípicas y entrecruzamiento de individuos, lo que hemos hecho son una clase de “microevoluciones”, por llamarlas de alguna forma.

En otras palabras, lo que hemos hecho con las técnicas convencionales es sugerirle a la selección natural qué camino tomar. Resalto sugerirle porque no necesariamente lo que buscamos es lo que vamos a obtener. Supongamos que, por ejemplo, queremos que nuestra planta sea de una altura pequeña. Lo mayor que podemos hacer es utilizar semillas provenientes de plantas pequeñas y esperar que nuestras plantas sean igual que sus progenitores. Puede que sean pequeñas, puede que no. Pasará mucho tiempo antes de que podamos asegurar -siempre con un margen de error considerable- que nuestras semillas de plantas pequeñas, producirán plantas pequeñas.

La mutación, por su parte, es un cambio en la configuración genética de los individuos, lo quiere sugiere que puedese dar de manera aislada o -en algunos casos  de exposición a sustancias químicas- en grupos de individuos, sin que esto implique un cambio en la totalidad de la especie. Aunque la mutación es al fin y al cabo un paso que da pie a la evolución, esta representa una separación del individuo mutante con respecto a sus progenitores; aunque sus genes sean los mismos, la expresión de estos es distinta.

Es aquí donde se presenta la gran discusión, porque los transgénicos provienen de plantas sin alteraciones genéticas a las que se les reconfigura su ADN para que sus características se expresen según lo deseado. En este sentido, podríamos decir que, en cierta medida, los OGM’s son mutantes. Desde este punto de vista, lo que causa la preocupación no es que sean mutantes, sino que esos saltos drásticos en la evolución son atípicos, desconocidos y por tanto, en cierta medida, incontrolables. Veamos lo que podría implicar este desconocimiento  para nuestra salud.

Hablemos de salud

Antes de entrar directamente a las distintas posiciones que existen al respecto, es necesario aclarar un término que se encuentra ampliamente relacionado con la comercialización de los productos genéticamente modificados: la equivalencia sustancial.

Con este concepto, lo que se quiere decir es básicamente que, por ejemplo, si un tomate genéticamente modificado se ve como un tomate, huele como un tomate y sabe como un tomate no alterado genéticamente, entonces es en esencia un tomate y, consecuentemente, no representa un riesgo su consumo.

El criterio de equivalencia sustancial toma en cuenta la configuración de proteínas, de carbohidratos, lípidos y aminoácidos de los individuos. Si el OGM  es equivalente en composición a su homólogo no alterado genéticamente entonces se puede considerar a ambos como seguros.

La Unión Europea implementó desde 2003 una robusta legislación para regular la comercialización de alimentos genéticamente modificados.

Sin embargo, el empleo de este término es subjetivo y resulta difícil de aplicar como una norma, principalmente porque, de acuerdo con lo señalado por Rubens Onofre Nodari en su trabajo sobre Calidad de los análisis de riesgo e inseguridad de los transgénicos para la salud ambiental y humana, el criterio se aplica de manera aleatoria, ajustando los parámetros de acuerdo a las distintas variedades de una misma especie.

Quiere decir que si el OGM se parece más en términos substanciales a la variedad A que a la variedad B, se le compara con la variedad A.

La ambigüedad del término y la dificultad de crear estudios que permitan comprobar su seguridad es lo que ha provocado que la comunidad mundial rechace este tipo de organismos. No obstante, los defensores de los organismos modificados genéticamente consideran válido su argumento.

La principal traba que se presenta a la comunidad científica para investigar en este campo es de tipo ético, porque se considera contraproducente someter a un grupo de personas a la exposición directa de un producto de consecuencias desconocidas esperando ver los resultados. Además, aunque se encontraran voluntarios, existen varios inconvenientes al respecto.

En primer lugar, muy probablemente – y tomando como parámetro el tiempo que tienen los transgénicos de estar entre nosotros- pasaran muchos años para que las personas sometidas a un estudio de este tipo muestren alteraciones en su salud; por otro lado, existen múltiples factores que podrían generar estas alteraciones, tales como la edad del individuo, su configuración genética, el tipo de dieta que tenga y el lugar donde trabaje y viva.

Podría pensarse en someter a los individuos a una dieta estricta de OGM’s,  pero la investigación carecería de contexto, puesto que no todos los productos que consumimos diariamente provienen de organismos genéticamente modificados.

Por otro lado, las pocas investigaciones existentes que estudian la toxicidad de estos alimentos se realizan dentro de parámetros de legislaciones muy permisivas o del todo carentes de regulación en cuanto la producción, liberación ambiental, y consumo de alimentos transgénicos. Sin embargo, a pesar de los pocos estudios, la OMS considera que se ha visto una tendencia al incremento de alergias asociadas al consumo de productos alimenticios elaborados con OGM’s.

Por estos motivos es que países los países europeos han adoptado medidas para evitar que este tipo de alimentos circulen libremente y con el desconocimiento de los consumidores. La Unión Europea regula desde el año 2003 la distribución de estos productos mediante el etiquetado de cualquier alimento o pienso que que este total o parcialmente constituido por organismos modificados genéticamente, aún y cuando no se detecten trazas o partes de material genético en ellos.

Dentro de las consideraciones de esta legislación se sostiene que:

“A fin de proteger la salud humana y la sanidad animal, los alimentos y piensos que contienen o están compuestos por organismos modificados genéticamente o han sido producidos a partir de ellos […] deben someterse a una evaluación de la seguridad mediante un procedimiento comunitario antes de ser comercializados en la Comunidad

Si querés conocer el reglamento completo de la Unión Europea sobre alimentos y piensos modificados genéticamente, seguí este enlace

En materia de salud, la falta de estudios al respecto ha sido el principal causante del rechazo de estos alimentos. Esta medida se realiza con justa razón, ya que no es ético, bajo ninguna circunstancia, exponer a condiciones de riesgo la salud de la población, máxime si los criterios utilizados para definir una aparente seguridad se basan en conceptos ambiguos y sin fundamento científico o evidencia poco clara.

Del mismo modo, tampoco es una justificación válida argumentar que se hace en el marco de una demanda de alimentos creciente, puesto que ya hemos visto que contrario a ello existe una sobreproducción, con los consecuentes daños ambientales que causan alteraciones en los ecosistemas.

En la última entrega veremos más a fondo la relación existente entre la producción de alimentos, los impactos ambientales y la salud, así como el reto que tenemos como consumidores ante un tema del que se espera no tenga una solución definitiva próximamente; un tema que muy probablemente se posicionará en el ámbito de las acciones que requieren los temas que son con vos.

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